Oscuridad

Sentado bajo la luz de la ventana la miraba de lejos. No solo era capaz de ver la distancia, tres metros, quizás cuatro. También era capaz de apreciar la distancia que no se puede ver con los ojos, la distancia que provocaba todo lo que él no sabía cambiar. La distancia que le hacía estar alejado varios años de ella, de haber llegado cuando ya no era capaz de encontrar muchos motivos para sonreír, de haberse convertido en una transparencia de su cuerpo y una sombra de sus pensamientos.

Es posible que no la estuviese buscando solo a ella, tal vez quería volver a empaparse de las ganas de comerse el mundo, de acordarse por qué tiempo atrás le dolía la cara de tanto reír. Puede que ella le recordara todo lo bueno que había vivido en otro tiempo. Y la tenía allí delante, pero ella no le podía ver.

Atrapado entre las garras de su propia oscuridad, día tras día ennegrecía sus esperanzas negándose a mirar la otra cara de su moneda, donde la vida no siempre le daba la espalda. Le gustaría salir de ese lugar, volver a encontrar el camino hacia la salida. Le gustaría darse una bofetada y abrirse los ojos, antes de tragarse a si mismo en el pozo de su amargura.

Pero no sabía, y al día siguiente la volvió a mirar mientras ella sonreía a otro. Y se oscureció un poco más, un poco más invisible, un poco más triste, un poco más cansado.

Lo más triste de todo, es que a su alrededor había luz, había esperanzas, había caminos, había salida, había futuro, le estaban esperando… pero él todavía no las puede ver. No las sabe encontrar. Aún no ha aprendido a darle la vuelta a la moneda.

Ella, no le puede ver.

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